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Rumia mental: cuando darle vueltas a las cosas nos aleja de nuestra vida de Gabinete de Psicología CONTEXTUAL Marisa Bresó

¿Te ha pasado que llevas horas pensando en algo y, al terminar, sigues igual de perdido? Repasas una conversación, intentas entender por qué ocurrió lo que ocurrió o anticipas todo lo que podría salir mal. Pensar parece necesario, pero cada vuelta te deja más cansado.

A esto solemos llamarlo rumia mental: una forma repetitiva de pensar que resulta difícil de abandonar. Puede centrarse en el pasado («¿Por qué dije aquello?»), en el presente («¿Qué me pasa?») o en el futuro («¿Y si vuelve a ocurrir?»).

Pensar no siempre es resolver

Nuestra capacidad de analizar nos ayuda a tomar decisiones y afrontar problemas. La diferencia está en lo que ocurre después de pensar. A veces llegamos a una conclusión y damos un paso concreto. Otras, volvemos una y otra vez a las mismas preguntas sin encontrar una respuesta que nos permita avanzar.

En esos momentos, el problema no es tener pensamientos desagradables. Es quedar atrapados intentando alcanzar una certeza que quizá no podemos obtener. Mientras dedicamos tiempo y energía a esa lucha, podemos alejarnos del descanso, de las personas y de las actividades que nos importan.

¿Por qué seguimos dándole vueltas?

Rumiar puede cumplir una función comprensible: intentar prevenir un daño, entender una experiencia dolorosa o sentir que tenemos el control. Por eso decirse «deja de pensar» suele servir de poco. Antes conviene observar cuándo aparece la rumia, qué intenta resolver y qué efecto tiene en nuestra vida.

Por ejemplo, después de una discusión podemos revisar mentalmente cada frase para asegurarnos de no haber cometido un error. Quizá eso nos alivie durante unos minutos, pero también puede mantenernos pendientes de la conversación durante toda la tarde.

¿Qué podemos hacer?

Un primer paso es reconocer el momento en que hemos pasado de reflexionar a dar vueltas en círculo. Podemos preguntarnos: «¿Hay alguna acción útil que pueda hacer ahora con esto?». Si la hay, podemos concretarla. Si no la hay, podemos practicar volver a lo que estamos haciendo, aunque la duda siga presente.

En terapia trabajamos para comprender la función que tiene esta forma de pensar en cada persona y para ampliar sus posibilidades de respuesta. El objetivo no es conseguir que la mente deje de producir pensamientos, sino que estos no decidan por completo cómo empleamos nuestro tiempo y hacia dónde dirigimos nuestra vida.

Artículo de María Luisa Bresó Safont. Versión revisada de un artículo publicado anteriormente en Top Doctors.

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